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CARLOS DE LINNEO

(1707-1778)

CRÍTICA DE BOTÁNICA

Qué dificultades han sobrevenido a los botánicos, desde el renacimiento de las ciencias hasta el presente, a causa de inventos de nombres nuevos, es cosa bien sabida de cuantos han tratado de esta materia; por eso, cuando al principios del siglo pasado la inmensa horda de nombres que se usaban amenazó una nueva invención de barbarie, dispuso C. Bauhin, consistiendo en ellos todos los botánicos en general, que se pusiese infamante estigma a cualquiera que en lo futuro introdujese nombres nuevos, y fue este sensato acuerdo, ya que, a la sazón, el desarrollo alcanzado por la ciencia no permitía acuñar nombres mejores.

Cuando, al fin, sometió Morrison a constitución ordenada la réplica de la botánica y se promulgó una ley eterna, tomada del libro de la naturaleza, fueron tachados de ignorantes todos cuantos violasen o transgrediesen la sobredicha ley. No se permitió excepción alguna, todo nombre específico que no concordarse con el género correspondiente había de desterrarse por inexorable decreto de los hechos. Más, ¡ay!, ¡que confusión tan propagada y desenfrenada no sobrevino hacia fines del siglo pasado, cuando, dividida la república de los botánicos por las luchas intestinas, bajo el triunvirato de Ray, Tournefort y Rivinus, dieron Tournefort y Rivinus nombres diferentes a cada género y distribuyeron los géneros éste de una manera y de otra aquél! Al cabo, Tournefort arrebató la palma de la victoria en los concernientes a los géneros, y, restauradas las paces, a partir de entonces el mundo de los botánicos rechazó receloso la acuñación de nombres nuevos. Sin embargo, con paso lento y casi imperceptibles se han introducido desde los tiempos de Tournefort hasta los nuestros más nombres nuevos de los que nunca antes entraron por mandato de dictadores; queda ello de manifiesto cuando sé compran los nombres nuevos acuñados por Feuillée, Commelin, Boerhaave, Vaillant, Pontedera, Dillenius, Ruppius, Scheuchzer, Knaut, Montius, Heucher, Buxbaum, Micheli, Kramer, Burman, etc. Una necesidad ineludible obliga a los hombres a estrellarse contra las peñas que no han aprendido a evitar, la sana razón les prescribe que se aparten del camino por donde no se van con seguridad, y, de la misma suerte, ordenan los hados que los botánicos sigan imponiendo nombres desacertados, mientras que la ciencia sean campo baldío y no se enuncien leyes y reglas sobre las cuales puedan exigir, como sobre cimientos sólidos, la ciencia de la botánica; y así, los sobredichos botánicos, forzados por la necesidad, corrigieron sapientísimamente los nombres defectuosos dado por sus predecesores.

Al cotejar los laboriosos trabajos de las autoridades, observé cómo se ocupaban el día entero en describir plantas, describirlas, dibujarlas, clasificarlas en géneros y clases; más entre ellos hallé pocos filósofos y casi nadie que se hubiese propuesto perfeccionar la nomenclatura, que es uno de los dos fundamentos de la botánica, ya que la fijeza completa de los nombres es esencial como el estudio de los géneros. Se quejan los novicios, y no menos los hombres avezados a la ciencia, de que no puedan hallar reglas dadas por los antiguos para conferir nombres, ni tampoco demostraciones ni principios establecidos. Porque todas las reglas de nomenclatura que de vez en cuando han usado los botánicos son tan especializadas, que de ellas no pueden sacarse ninguna conclusión cierta.

Además, hay tanto desacuerdo entre las autoridades, que difícilmente puede resolver el lector en cual de ellas, con preferencia sobre las demás, depositará su confianza, ya que en ninguna parte se ven principios satisfactorios. Por lo cual no es de extrañar el que, convertido el novicio en botánico, tras de haber hecho entre tanto cuanto estaba en su mano, cometa en sus trabajos tantos errores en el concerniente a la nomenclatura y recargue la botánica con nombres equivocados.

Por eso nos podemos esperar paces duraderas y tiempos mejores hasta que los botánicos so pongan de acuerdo para admitir leyes fijas, conforme a las cuales puedas pronunciarse a juicio sobre los nombres, o, dicho con otras palabras, puede distinguirse con absoluta certeza los nombres aceptados de los desacertados, se retengan los acertados y se rechacen, sin piedad, los desacertados, de manera que, firmemente asentada la botánica sobro principios inconmovibles, continúe siendo fortaleza inconcusa e inexpugnable.

Antes de que los botánicos lleguen a admitir leyes tales, es preciso que alguno de ellos tome sobre sí el presentar proyectos que sean examinados por los demás botánicos, de modo que, si tales proyectos son buenos, sean confirmados, y, si son desacertados, se les convenza de desacertados y se los abandone, poniéndose en lugar de ellos otros mejores. Pero mientras los botánicos se nieguen a tomar esta iniciativa, permanecerán sumidos en la duda y en la incertidumbre, y se irán acumulando cada día nombres errados que recargarán la botánica.

Ahora bien, como hasta ahora nadie se ha considerado a sí mismo capaz de emprender esta abnegada tarea, me he determinado el intento, porque si al ciudadano de una nación libre le es lícito manifestar su pensamiento, cuando menos me será permitido enunciar mis principios entre los botánicos. No ha llegado a tal extremo de fortaleza de juicio que crea que todos mis razonamientos tienen fundamento tan firme, que ningún otro pueda proponer un razonamiento mucho más maduro, con todo y ser verdadero el mío, mientras que se demuestre que son más verdaderos otros principios. A vuestro juicio, carísimos botánicos, someto mis normas, las que he formulado para mi propio uso y conforme a las cuales pienso caminar. Si os parecieren válidas, usadlas también vosotros, si no, proponed otras mejores.

Hace medio año, cuando se publicaron mis "Genera", me aconsejaron no pocos que diese a la estampa mis observaciones acerca de la nomenclatura, ya que se consideraban aprobados por pocos y aun por pocos los principios adyacentes a mis Fundamenta Botánica. Impidióme dar cumplimientos a esos deseos la faena laboriosa y esmerada del Hortus Cliffortianus, que habían echado sobre los hombros. Dicha faena no sólo consumió todas mis horas de trabajo, sino también las del descanso necesario para la salud; porque el día fijo en que había ya de alzar mis tiendas, exigía que quedase del todo terminada la telaraña a que había dado comienzo. Por eso, apenas me quedaba momento disponible para reunir mis notas, y, después de hecho todo, darles la ultima mano. Ciertos amigos para quienes estaba yo muy obligado, juzgaban que las tales observaciones eran de capital importancia, y que antes de seguir adelante con las especies debía yo publicarlas.

Obedeciendo al parecer de esos señores, a los cuales me sentía moralmente obligado a no negar nada, corregí mis observaciones esquemáticas y las entregué al editor. De esta suerte, fue la fatal del tiempo lo que me impidió dar a la obra los últimos toques de la pluma ociosa y asegurarme el favor de los lectores para lo escrito por mí. Pero se me hacia cuesta arriba demorar la publicación de la obra nada más que por evitar los dardos de la malevolencia, que nunca me di el trabajo de convertir a favor mío. Porque sé que los hombres sensatos, a cuyo parecer sometí mis opiniones, no se dejan guiar por las hablillas de lenguas mercenarias, sino tal solo consideran los principios y ejemplos, y aprecian el valor de las consecuencias prácticas que de aquéllos se siguen. Sabía, además, que al tratar yo de ser útil, no me echarían en cara las abreviaciones causadas por la falta de tiempo.

Tropecé, además, con otra terrible causa de demora, por no tener otro método de que echar mano sino el de los ejemplos. Pues, aun cuando hubiese amontonado tomos y más tomos acerca de los nombres, y extendiéndome desmesuradamente en mi argumentación pocos habrían entendido mi pensamiento de no ofrecer ya también ejemplos; en cambio, con los solos ejemplos, sin argumentos, todos me entenderían con facilidad, hablando por sí mismo los hechos presentados. ¿ Como podía ya indicar las plantas sin dar sus nombres? ¿ Como dar los hombres sin apoyarlos en autoridades? Y así hacerlo, preví de pronto me enajenaría las voluntades de aquellos a quienes más anhelaba ya agradar. Yo, que toda mi vida he sido enemigo declarado de la crítica, me vi forzado a contarme entre los críticos. Por "críticos" entiendo aquellos botánicos, demasiados numerosos por desgracia, que como déspotas se dan a adquirir para sí honores y autoridades a costa de las calamidades ajenas; que se guardan de comunicar cualquier pequeña observación de su propia cosecha al mundo científico, a menos que puedan indicar al mismo tiempo cómo a otro más erudito que ellos se les paso por alto observar estos hechos; o que, a manera de pigmeos que cobran altura encaramándose encima de los hombres de los gigantes, se jactan de poder alcanzar más lejos con la mirada, sin darse cuenta de que a nadie le es dado el verlo todo, que aquel sobresale en la descripción, éste en los dibujos, el de acullá en observaciones minuciosas, otro en el estudio de los géneros, otro, en fin, en otras secciones, puesto que la vida de ningún hombre solo basta para abarcar todo el campo de la botánica; aunque en este espacio de tiempo pueden hacérsele notables adiciones, dedicándose cada quien a alguna rama de ella o restaurándola.

Por eso, a fin de no ofender a nadie, resolví citar únicamente las autoridades de más peso y aquellos "cuyos entendimientos formó Prometeo con arcilla de mejor clase", seguro de que en estos hombres de saber superior hallaría indulgencia, sabedor de que nunca habrían alcanzado erudición tan sólida de no haber antepuestos a toda otra consideración el progreso de la botánica y de que las personas más cuerdas no defienden sus propias ideas por ciego amor a la autoridad, sino que hacen de la prosperidad de la botánica su único afán. Empero, si hubiese ofendido a otros botánicos de categoría inferior, les pido me perdonen, pues no lo habré hecho por malicia, sino por mi amor a la botánica.

De acuerdo con esto, escribí esta Crítica que ofrezco al bondadoso lector a modo de secuela de los capítulos VII, VIII, IX Y X de mis Fundamenta Botanica, como explicación de los párrafos 210 a 224; y añadí un número considerables de ejemplos; para que, de acuerdo con ellos, cualquiera puede referir los nombres a las leyes que se les aplican.

Sin embargo en la sección dedicada a los nombres específicos no cité sino que otro ejemplo, por ser pocos los acertados que existen, y porque hasta nuestros días, en que nos sentimos tan orgullosos del robusto crecimiento de la botánica, hay en realidad muy pocos botánicos que diciernan a punto fijo cuales plantas son especies y cuales variedades. Por lo cual, en mi Hortus Cliffortianus, que dentro de poco saldrá a luz, gracias a la munificencia del generoso dueño del jardín, me he propuesto de asignar a las especies sus nombres específicos respectivos.

Indicaré al lector que estas reglas, sometidas a consideraciones que más tarde se someterán en cuenta, se aplican a los reinos mineral y animal tan bien como a la botánica; y a mi ves le pido me mire con benevolencia mi tentativa.

Fragmento de: "Crítica Botánica" (1737).

Reseña Biográfica:

Carl von Linneo
(1707-1778)

Carl von Linneo fue un naturalista sueco que desarrolló la nomenclatura binómica para clasificar y organizar los animales y las plantas.
En 1735 publicó su Systema naturae (Sistema natural), el primero de una serie de trabajos en los que presentó su nueva propuesta taxonómica para los reinos animal, vegetal y mineral.
En 1751 Linneo publicó Philosophia botanica (Filosofía botánica), su obra más influyente. En ella afirmaba que era posible crear un sistema natural de clasificación a partir de la creación divina, original e inmutable, de todas las especies . Demostró la reproducción sexual de las plantas y dio su nombre actual a las partes de la flor.
Creó un esquema taxonómico basado únicamente en estas partes sexuales, utilizando el estambre para determinar la clase y el pistilo para determinar el orden.
También utilizó su nomenclatura binómica para nombrar plantas específicas, seleccionando un nombre para el género y otro para la especie.
Linneo también contribuyó en gran medida a la nomenclatura animal. A diferencia del sistema empleado con las plantas, su clasificación de los animales recurre a una variedad de características que incluyen observaciones de su anatomía interna.
En la actualidad se utiliza el sistema de Linneo, pero los seres vivos se clasifican sobre la base criterios genéticos, que son los factores
que regulan la expresión de los factores anatómicos.

Juan Pedro Navarro Aldana

Medicina.


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