Las ciudades:
de la industria manufacturera a los servicios de la producción
Salvador Pérez
Mendoza
In this
article the author carries out an extensive and eloquent traveled by the
main authors of the theory of the urban localization. Salvador Pérez
Mendoza is interested in considering, besides the knowledge of the space
behavior and their relationship with the economic activities, variables
linked to the quality of life and the environment at the moment to
evaluate the cities. Among the questions that disturb him we can find the
following ones: How influence the economic activities in the space
changes?, in the next future its come closer a decline of the industrial
activities in the big cities?, are the big cities favored by the
concentration of services to the production? In few words: which the logic
of the space distribution of the economic activities and how it modifies
the system of cities.
Introducción
En este artículo presentamos un breve recorrido, no exhaustivo, de
diversos análisis empíricos y teóricos en los que se plantea la relación
existente entre las actividades económicas y la característica espacial
del sistema de ciudades. El tema que nos ocupa en esta entrega es el de
sugerir algunos referentes esenciales para comprender la importancia que
tienen los servicios a la producción en la reorganización espacial durante
los últimos años.
La dinámica de la economía espacial propicia un proceso
de desconcentración y descentralización espacial de actividades económicas
industriales, al mismo tiempo que manifiesta una mayor concentración de
actividades relacionadas con los servicios a la producción (comúnmente
denominadas como actividades terciarias). Estas tendencias de
descongestión/concentración inducen a plantear que el sistema de ciudades
muestra una relativa transformación en su fisonomía espacial.
El análisis de la lógica espacial del sistema de ciudades
se basa, sobre todo, en el comportamiento de las actividades económicas.
Estas pueden ser medidas a través del empleo y la centralidad de las
ciudades, lo cual permite su contextualización para comprender mejor la
configuración de un sistema urbano.
En general, alentado por el desarrollo económico, el
sistema urbano observa una tendencia hacia la descongestión/concentración
de las actividades económicas. Este proceso hacia la
desconcentración-descentralización de la industria
manufacturera y concentración de los servicios a la
producción, sigue un comportamiento que es posible identificar como un
patrón.
Los planteamientos teóricos que ayudan, en parte, a
comprender esta tendencia, se basan en los modelos teóricos de Christaller
(1966), Von Thünen (1922), Weber (1957), Lösch (1954), ellos consideran
las variables tamaño y distancia en la jerarquización de las
ciudades. Se contemplan también estudios empíricos de sistemas urbanos
hechos por autores contemporáneos, entre otros, Coffey y Polèse (1988),
Ohuallachán (1989), Sparza y Krmenec (1993), Alvergne y Coffey (1997),
D´Arcy y Keogh (1997) Graham y Spence (1997), Van Der Laan (1998).
Comprender este proceso y enmarcarlo en una referencia
teórica y de modelo económico obliga a realizar una revisión del modelo de
análisis del sistema urbano y la actividad económica. Lo anterior con el
objetivo de permitirnos clarificar los cambios que influyen en las
ciudades y las nuevas condiciones económicas, enfatizando las
transformaciones más recientes.
1. Modelos teóricos y variables de análisis
Las actividades económicas se distribuyen espacialmente
con cierta regularidad. Esta regularidad responde a una lógica económica
de comportamiento planteada en los modelos y teorías de localización de la
economía urbana y regional. Von Thünen, Weber, Lösch, Christaller,
observaron el comportamiento espacial de las actividades económicas y
plantearon "leyes" del comportamiento localizacional en el análisis
económico espacial.
Von Thnünen planteó su teoría en función del análisis de
la localización agrícola, en tanto que Weber lo hizo con relación a la
localización industrial. Christaller, por su parte, se interesó en mayor
medida en los sistemas urbanos y, finalmente, Lösch intentó una síntesis
del aporte de sus antecesores, analizando la teoría de las áreas de
mercado. En todos los casos se postulan modelos específicos sobre la
localización que, en su comportamiento, continúan siendo válidos.
Los modelos de localización espacial se aplican para el
análisis de territorios o espacios geográficos de diferentes tamaños. El
espacio territorial considera, entre otros elementos, la presencia de
recursos naturales, factores de la producción (tierra, empleo y capital),
bienes y servicios producidos.
Estos factores son medidos en función del costo del
espacio donde se localizan. Considerado el tamaño de la población y
la distancia a recorrer para obtener las materias primas y el
desplazamiento de los trabajadores, así como su cercanía a los mercados.
El comportamiento espacial es explicado, por tanto, a
través de la localización de las actividades económicas.
1.1 Las actividades económicas y las teorías de
localización
La teoría de los lugares centrales, elaborada por
Christaller, es un modelo descriptivo que analiza la distribución de las
ciudades. Este modelo intenta explicar el tamaño y la frecuencia de
distribución espacial de las ciudades en función de la jerarquía de los
servicios que producen cada una de ellas.
El modelo de lugares centrales analiza las zonas
de influencia de las ciudades. Se enfatiza de manera especial la jerarquía
de las aglomeraciones urbanas, en tanto que son centros de
atracción económica. Este modelo teórico propone el concepto de redes
urbanas o sistema de ciudades a partir de los cuales se intenta
establecer el principio de la jerarquización de ciudades.
La teoría de lugares centrales propuesta por Christaller
se complementa con otros modelos de localización espacial, particularmente
el modelo de Lösch. Este último plantea la regularidad de localización de
la producción y de las áreas de mercado, haciendo previsible la
localización de las actividades económicas más importantes.
El análisis de Lösch se sustenta en el comportamiento de
los costos en dos vertientes importantes: los costos internos de la
empresa y los costos del transporte. En el modelo de localización se
indica que la selección espacial de los mercados está en función de los
costos.
En este sentido Christaller y Lösch (1954, 130-132)
sostienen que una ciudad, en una determinada región, provee de servicios a
las ciudades pequeñas que no cuentan con ellos, dando como resultado una
jerarquía de centros de nivel superior e inferior. El modelo de lugares
centrales presenta los elementos dominantes de la estructura espacial que
produce la interacción entre los diferentes niveles de ciudades.
El modelo de Christaller acentúa el análisis de la
jerarquía de las ciudades fundada sobre las actividades terciarias y los
servicios prestados a su "hinterland".1 La idea es simple: la gran
aglomeración urbana tiene el papel de proveer de ciertos servicios a otras
aglomeraciones de menor tamaño que no disponen de éstos. Sobre esta base
se sustenta la sistematización del principio de la jerarquía urbana.
Este
modelo explica la presencia de diferentes estructuras y áreas de mercado,
en la que cada una detenta una función diferente y da forma a la
interacción económica-espacial y al patrón geográfico que siguen ciertos
sistemas de ciudades.
1.2 La centralidad urbana y la estructura económica
La centralidad es un concepto importante en la
teoría de lugares centrales, pues permite determinar la posición de cierta
ciudad al interior del sistema de ciudades. Esta es una categoría
económico-espacial que informa sobre la concentración de las actividades
económicas en una ciudad dentro de un sistema urbano (Mogridge y Parr,
1997).
El sistema urbano, y en particular de las ciudades que lo
componen, se comporta de acuerdo al peso económico de cada una de ellas;
la denominada centralidad de uno u otro tipo de actividad económica varía,
de un periodo a otro, debido a las perturbaciones o cambios económicos que
se presenten en determinado periodo (Alvergne y Coffey, 1997; Maillard,
1997).
La forma que asume la distribución espacial del sistema
urbano está relacionado con la distancia entre las ciudades y el
transporte necesario para acceder a ellas. Por lo que el espacio permite
delinear los factores de atracción que definen la estructura económica,
haciendo posible, a su vez, medir la centralidad y la distancia a través
de los flujos (empleo, producción, salarios, valor agregado, etc.)
existentes entre las ciudades.
Como ya se ha indicado, la teoría de lugares centrales
plantea el principio del aprovisionamiento. Este principio reúne dos
fuerzas que condicionan al sistema de ciudades:
1) La primera se relaciona con las
funciones comerciales. Es decir, la reunión de la población dispersa en un
territorio específico debido a las necesidades de intercambio. La
población necesita reunirse, al menos periódicamente, en un lugar
privilegiado desde el punto de vista de la distancia.
2) La segunda fuerza propicia que la
aglomeración establecida por la primera fuerza sea permanente. Es decir,
un cierto volumen de la producción y distribución de bienes y servicios se
realiza en algunas ciudades, las cuales concentran los factores de
producción y, a partir de éstas, se distribuyen al resto del territorio.
Por tanto, el sistema urbano está determinado por el
tamaño y la distancia. La jerarquía de los centros urbanos
se fundamenta en la naturaleza de los bienes y servicios producidos y
distribuidos en el "hinterland" o área de influencia que la ciudad
aprovisiona.
En esencia la teoría de lugares centrales sustenta el
modelo de localización en los servicios que se ubican en un centro
geográfico del mercado, es función de la centralidad geográfica. La
relación es, por tanto, simple, las empresas que ofrecen un servicio
similar se agrupan en un único lugar, con lo cual se establece una
jerarquía de lugares centrales de tamaños diversos (Beguin, 1992a;
Guérin-Pace, 1995).
El modelo es más sensible para el caso de las actividades
denominadas terciarias, pues este tipo de servicios se agrupan ahí donde
es posible reducir los costos de comunicación (e información), los cuales
se agrupan en ciudades que se asumen en esta especialización por la
ubicación de recursos humanos igualmente especializados. En ambos modelos
la jerarquía se establece por los servicios especializados ofrecidos
(Coffey y Polése, 1988; Beguin, 1992b; Harrington, Macpherson y Lombard,
1991; Pumain, 1994b).
1.3 Las ciudades y la dinámica de distribución espacial
Las ciudades son los centros de producción, cambio y
reestructuración espacial originados por la influencia que ejercen tanto
en su propia economía como en su hinterland (Bailly y Boulianne,
1992; Dericke, 1992). Todo cambio en los procesos productivos, y los
efectos que generan, reestructuran y originan nuevas formas de
organización de la ciudad.
Todo proceso de cambio que ocurra en la ciudad tiene
efecto directo en el conjunto de ciudades de la que forma parte. Cuando
las condiciones económicas de una ciudad tienden a mejorar o, por el
contrario, a ser desfavorables, tanto ella como su área o región de
influencia se transforman, pudiendo constituirse en puntos de atracción,
o, en sentido inverso, de rechazo si las condiciones económicas no son las
esperadas (Alvergne y Coffey, 1997).
La teoría de lugares centrales es utilizada con
frecuencia para explicar la estructura espacial de todo sistema urbano.
Sobre todo con respecto a las funciones de servicio. Es importante, no
obstante, subrayar que el modelo típico de la teoría de lugares centrales
se sustenta, en general, en el análisis estático, es decir, no toma en
cuenta la dimensión temporal.
Por otra parte, la teoría de lugar central, así como el
concepto de aglomeración urbana, conduce a explicaciones del hecho urbano,
sin considerar el origen y los cambios que se producen en las ciudades,
por lo que se reduce la posibilidad de predecir su evolución (Parr, 1985).
En el contexto del sistema urbano las perturbaciones a
largo plazo son producidas por el cambio demográfico. Cambios en la base
de exportación regional; cambios en la estructura de demanda de consumo;
cambios en la estructura de insumos de la actividad económica regional y
cambios en la tecnología de producción, de la transportación y de la
comercialización, entre los más importantes (Krugman, 1996).
Estas modificaciones afectan al sistema urbano organizado
en función de la centralidad, pues alteran al sistema de ciudades, de modo
que los centros de diversos niveles, dentro de la jerarquía urbana,
podrían mostrar tasas diferentes de crecimiento o de declinación (Pumain,
1997).
Las ciudades, como espacio territorial donde se reproduce
la actividad económica, son objetos en el que la forma, el contenido y
significación cambian en el tiempo.2 De hecho el movimiento dinámico de
cambios conduce a conformar un patrón de distribución espacial influido
por la reestructuración económica y social, dándole forma al sistemas de
ciudades (Bertuglia, Lombardo, Silvana y Nijkamp, 1997).
1.4 El tamaño y la distancia en la distribución espacial de
las ciudades
Algunos autores como Robic (1982), Reilly (1929), Zipf
(1949), Fletscher (1986), entre otros, han profundizado sobre la
universalidad de la forma de organización jerárquica y espacial de los
sistemas de ciudades. Al igual que Christaller y Lösch, el objetivo que
buscaron fue de explicar las diferencias jerárquicas entre las ciudades
analizando la relación tamaño y distancia, la historia y la
función de las ciudades. Estos conceptos son recurrentes en el análisis de
la estructura de las redes urbanas o sistema de ciudades.
Christaller, como se ha subrayado, había observado que
las actividades económicas y las poblaciones se distribuyen de manera
ordenada en el espacio. Las ciudades, por tanto, no se distribuyen al
azar. Reilly, por ejemplo, a partir de su interés por el comercio de
detalle abre una vía interesante para el análisis urbano.
Sustentado sobre la base de las zonas de atracción
comercial, Reilly estableció lo que se conoce como ley de la
gravitación del comercio al detalle. Lo más importante a destacar es
que la distancia es el factor que determina la importancia de una
aglomeración con respecto a otra. Por otra parte, Zipf analiza en el mismo
sentido y con la misma base teórica, fundamentando su análisis en la
distancia, los costos de transporte y los niveles de ingreso y propone el
modelo tamaño-rango (Bailly, 1978) para la distribución espacial de
las ciudades.
Isard (1970) propuso la internalización del costo de
transporte en el "esquema clásico" de la teoría de la empresa. Desde esta
perspectiva intenta analizar el impacto de costo del transporte y cómo la
empresa busca minimizar su efecto. El aporte de Isard integra una de las
explicaciones unitarias que sirven de base de las diversas teorías de la
localización, pues retoma las propuestas de los autores pioneros y los
avances teóricos y de aplicación en la producción y el intercambio.
Otros autores que han elaborado ensayos teóricos sobre el
patrón de comportamiento espacial de las ciudades son Beguin (1979, 1992a,
1996), Guérin-Pace (1995), Fujita (1989), Fujita, Krugman, Mori (1994),
Arnott (1996); Bhadury (1996), Brakman, Cartson y otros (1996), MacPherson
y Lentnek, (1998), Capello (1998). La mayoría de ellos han elaborado sus
modelos a partir de un enfoque microeconómico, es decir, de la teoría
económica urbana.
Los modelos integran el principio de la teoría económica,
pese a que ésta no considera referencia espacial alguna. La ciudad es un
objeto complejo y el enfoque económico no podría agotar su definición
(Pumain 1997). Con frecuencia la confrontación con los hechos permanece
como una piedra de toque para esta teoría, en la medida en que los
numerosos conceptos que ésta utiliza son de difícil aplicación y análisis
a partir de la observación empírica.
Los modelos de localización inspirados en la teoría
microeconómica sugieren que el reagrupamiento espacial de los agentes
económicos está en función de la reducción de costos de interacción
(transporte, comunicaciones, información) y la maximización de utilidades.
Esta condición conduce a las actividades económicas a localizarse ahí
donde las economías de aglomeración o de economías de escala
externas a la firma les proporcionan la posibilidad de reducir sus costos
(Catin 1994a, 1994b; Giersch, 1995; L'Harmet, 1996). Estas condiciones son
esenciales para que una ciudad adquiera importancia en el sistema urbano.
Por otra parte, como todo bien económico, el espacio
urbano es relativamente raro. En consecuencia las empresas, para decidir
instalarse en determinada ciudad, analizan la situación económica y las
características futuras de la ciudad; el estado de sus comunicaciones y
transportes; la infraestructura disponible o previsible; el peso
demográfico y económico de la población; la disposición de centros de
educación superior y población preparada de acuerdo a las necesidades de
las empresas, entre otros factores (Richardson, 1986; L'Harmet, 1996;
McDowell, 1997).
El concepto de economía de aglomeración postula un
referente de ciudad en la que los agentes económicos y sociales se
reagrupan en función de los beneficios que les proporciona dicha
aglomeración. Sin embargo, ésta se deduce a posteriori. Es decir,
la existencia de economías de aglomeración se establecen a partir del
tamaño de la ciudad y/o por la concentración de una actividad económica en
la misma. En este sentido, cuando se trata de explicar la distribución
jerárquica de un sistema de ciudades, este concepto supone implícitamente
la existencia de rendimientos crecientes de acuerdo al tamaño de las
ciudades (Bhadury, 1996; Musso, 1997)
La hipótesis del tamaño y concentración de actividades de
una ciudad, con respecto a otras, pudiera parecer tautológica, ya que los
economistas plantean el reagrupamiento de las actividades económicas en
las ciudades suponiendo, a priori la existencia de economías de
aglomeración. Pero ello no explica necesariamente la desigualdad del
tamaño de las ciudades y su evolución. Rousseau y Proudhomme (1993)
indican que las economías de aglomeración podrían ser, por tanto, la
consecuencia más que la causa del éxito de las grandes
ciudades. No obstante, esta es una discusión teórica que por el momento no
es fundamental para el desarrollo teórico que nos hemos fijado, por lo que
puede recurrirse para una mayor profundización sobre el tema a Henderson
(1988), Catin (1994a, 1994b), Giersch (1995), Capello (1998), entre otros.
En general la ciudad proporciona a los individuos la
posibilidad de mejorar su nivel de vida, garantizando la obtención de un
empleo y, en consecuencia, aumentando sus ingresos. Si la ciudad es
atractiva se generará una tendencia migratoria hacia ella. Si la ciudad no
tiene más oferta de empleos, o si las expectativas salariales se contraen,
entonces los individuos partirán en busca de otras expectativas, lo cual
conducirá a diferencias regionales (Jacobs, 1975 y 1984; Stabe, 1997;
Moyard, 1997).
En esta perspectiva las ciudades que ofrecen servicios
diversificados serán más atractivas, tanto por atraer un mayor flujo de
emigrantes como de actividades económicas. Ello propiciará, en su momento,
la concentración de la variedad de la oferta de servicios. Así puede
explicarse la forma del sistema urbano a través de la acción de tendencias
a la concentración y a la dispersión (Gale, Frederick, 1996)
o por medio de la centralidad (Berry 1967; Harris, y Shonkwiler,
1997); del tamaño y la distancia (Falk y Bronner, 1970;
Coffey y Polése, 1988).
En todas las explicaciones hay una hipótesis similar: la
configuración de la ciudad que se observa en un tiempo específico resulta
de la presencia y participación de factores; es decir, es la manifestación
del equilibrio entre las variables tamaño, distancia, costo y
beneficio.
2. Las variables para el análisis del sistema de ciudades
Las transformaciones que han sufrido las ciudades y los
sistemas urbanos que ellas conforman requieren la disponibilidad de una
base de datos histórica que haga permisible el análisis y la comparación
(Bairoch 1985). En general, la información histórica básica más próxima es
la que se sustenta en la población.
Sin embargo, el definir los sistemas de ciudades en
función del número de habitantes reduce a una descripción simplificada la
evolución de las ciudades. No obstante, la descripción es pertinente en la
medida en que el tamaño demográfico es la variable que con
frecuencia resume mejor la posición global de la ciudad.
Es de considerar que la mayoría de los descriptores
cuantitativos, como el número de empleos o de establecimientos, así como
otros descriptores cualitativos (como la diversidad o la rareza de las
actividades), están correlacionadas con el tamaño de las ciudades (Reiner
y Parr, 1980; Beavon, 1981; Catin, 1994b).
El tamaño (de población) de las ciudades aporta en
general una idea confiable sobre el carácter del sistema urbano. Ello
permite realizar ciertas predicciones que frecuentemente son verificables.
Además, el tamaño demográfico de las ciudades, en el largo plazo, tiene el
mérito de evaluarse con mayor sencillez y, además, resulta fácilmente
comparable.
El hecho de atraer y mantener cierta cantidad de
habitantes se ha considerado como un criterio que prueba la capacidad de
una ciudad para asegurar los medios de subsistencia de esta población. No
obstante, esta medida de "éxito" urbano podría
complementarse como hacen algunas comparaciones internacionales
contemporáneas; es decir, a través de la evaluación del nivel de vida y de
la cantidad de producción, o por indicadores de calidad de vida y de
ambiente3 (Oppewal y Timmermans y Louviere,
1997; McDowell, 1997).
Por tanto, un sistema de ciudades se define como un
universo que contiene un subconjunto de sistemas de población. Comprende
el conjunto de lugares habitados de un mismo territorio: ciudades, pueblos
y villas. Así como la relación entre esos lugares habitados. La
pertenencia a un mismo espacio territorial garantiza cierta coherencia de
funcionamiento del sistema; asegura la homogeneidad relativa de las
condiciones de comunicación entre sus componentes.
La noción de territorio supone también ciertos límites
(la existencia de fronteras) reduciendo la intensidad de
interacciones entre los lugares pertenecientes a espacios territoriales
diferentes; permite también la identificación de un "sistema" con respecto
a otro. Además, los sistemas de ciudades continúan evolucionando, incluso
luego que los límites políticos nacionales se modifican o se recomponen
(Sassen, 1991; Buisson, 1997; Rousier, 1998).
La expansión de las ciudades no aparece como un proceso
continuo en el tiempo. El lento desarrollo de las comunicaciones es con
frecuencia el factor que limita las interacciones urbanas; impide que las
ciudades se liberen de los límites asignados por su desarrollo. Sin
embargo, una vez que esta limitante es eliminada, las ciudades muestran
mayor dinamismo y capacidad de adaptación a los cambios generados.
Los historiadores de la ciudad explican que la proporción
de población urbana antes de la aparición de la agricultura se mantuvo en
alrededor del 10%; prácticamente el proceso de urbanización se inicia 2 a
3 mil años después de la aparición de la agricultura (Bairoch 1985). Sin
embargo, una vez que las ciudades conocieron un crecimiento acelerado
gracias a la agricultura, con la revolución de los transportes se
acrecentaron aún más los territorios y las redes de acción dominadas por
las ciudades.
2.1 La distancia, el transporte y los cambios económicos
Con el desarrollo de los transportes y las
comunicaciones, durante el siglo XX, el crecimiento urbano tuvo un elevado
aumento en las tasas de urbanización. Cerca de 90%, en las ciudades de los
países desarrollados y de hasta un 70% en las ciudades más grandes de
países en desarrollo (Bairoch, 1985; Krugman, 1996, Capello, 1998). Las
diferencias en la urbanización entre principios de siglo y el periodo
final del mismo -menos de cien años- puede interpretarse como la
condensación de una competencia dinámica entre las ciudades, impulsada por
el desarrollo del transporte y las comunicaciones.
La transformación de las economías agrarias en economías
industriales y, recientemente, en economías terciarias, se acompaña de
drásticas modificaciones en el reparto de la población, llevando a una
trama de ciudades regularmente espaciadas y aún más diversificadas y
concentradas (Graham, 1997; Van Deer Laan, 1998).
Es interesante la tendencia que se presenta con
frecuencia en países cuyas ciudades fronterizas establecen mecanismos de
intercambio y relación que pueden llegar a ser más estrechos que los
mantenidos con el sistema urbano de su propio país. En Canadá es típico el
caso de Windsor y Detroit, en el caso mexicano el de Tijuana y San Diego.
Es evidente que, en ambas situaciones, las condiciones, grados de
desarrollo y otros factores las hacen comparables y diferentes al mismo
tiempo (Pérez y Polése, 1999).
De acuerdo a la teoría de la localización los costos de
transporte, tanto de entrada como de salida de los factores, en las
diferentes actividades, son los que determinan la localización espacial. A
medida que un sector de actividad es más sofisticado, el tamaño urbano y
los costos de transporte se convierten en factores importantes en la
decisión de localización, como es el caso de los servicios especializados
(Krugman, 1996). Las economías de aglomeración y los costos de
comunicación son factores a considerar, en especial para los servicios a
la producción (Stanback y Bearse, 1984; Bailly y Maillat, 1987).
En resumen, la especificidad de los sistemas de ciudades
tiene tres procesos conjuntos:
1) La transición urbana, que hace derivar
la casi-totalidad de los sistemas de ciudades por expansión, concentración
y diversificación, a partir del tamaño de población y la función de su
territorio.
2) El carácter conectado, mutuamente
informado y concurrente de la red que se forma enseguida del asentamiento
humano desde el cual crecen las ciudades (la producción y el intercambio).
3) El objeto espacial e histórico que forma
el sistema de ciudades, que tienen su raíz en un territorio dado, el cual
transforma sus propiedades espaciales en el curso del tiempo.
De alguna manera las previsiones hechas por diversos
autores se han cumplido a fines de los años 1970 y principios de los años
1980, los cuales se han revelado como los años de transformación de una
economía industrial a una post-industrial o de servicios.
Algunos autores las llaman "economías de urbanización"
(Richardson, 1971); "economías de concentración urbana" (Hoover, 1951);
"economías de aglomeración" (Dericke, 1992), "economías externas" (Mills,
1975), "economías de servicios" (Staber, 1997; Albert y Bradley, 1997;
Garcia-Mila y McGuire, 1998), quizá cada una de las denominaciones cubre
solo un aspecto de la complejidad de esta nueva etapa. Sin embargo, los
conceptos de referencia intentan de alguna manera marcar cierta
distinción.
Estos cambios han influido en la naturaleza y función
económica, abarcando las formas de producción características del servicio
generado y del consumo de la población.
En esta perspectiva, los servicios a la producción no
implican únicamente el uso intensivo de la mano de obra y de la
tecnología, sino por el contrario, en la aplicación de avances
tecnológicos de información y de organización para proveer de servicios
sofisticados tanto al productor como al consumidor. Además, de que uno de
los cambios más interesantes a destacar y que influye en la estructura del
empleo y del consumo. Es el eslabonamiento entre los servicios a la
producción y la actividad industrial (L´Harmet, 1996; Staber, 1997; Albert
y Bradley, 1997).
Este
proceso de transformación afecta la relación espacial industria/servicios
en las ciudades ya que, por definición, son lugares de empleo del sector
secundario y terciario. No obstante, la tendencia que se observa es que
buena parte de las grandes ciudades han incrementado la participación del
sector servicios en el producto y el empleo (Stabler y Howe, 1988;
Alvergne y Gaussier, 1996).
Un factor adicional a considerar en la reducción de la
participación de la actividad industrial en las grandes ciudades debido a
que los establecimientos de este último sector tienen necesidad de más
espacio, además de sujetarse a la rigurosidad de instalaciones
anticontaminantes -que son parte de las condiciones impuestas a estas
empresas con la finalidad de que no afecten más al medio ambiente-, por lo
que su presencia es poco aceptada en las grandes ciudades de alta densidad
demográfica (Bhadury, 1996; Albert y Bradley, 1997).
En este sentido, los servicios a la producción son
actividades que buscan la presencia de economías de aglomeración que les
permitan reducir sus costos. Conforme la fuerza de atracción favorezca a
las actividades económicas más dinámicas más concentrada será, en un sólo
lugar, el conjunto de empresas que atraen empleos calificados, dando
origen a las aglomeraciones urbanas que tienen ventajas económicas
(Alvergne y Gaussier, 1996: D´Arcy y Keogh, 1997).
En general, el personal de alta calificación tiende a
establecerse en áreas donde existe un mejor nivel de vida. Por lo que las
preferencias de localización de este tipo de cuadros puede ser un factor
de influencia en la decisión de localización de estos establecimientos
(McDowell, 1997).
En cuanto al denominado sector terciario (comercio y
servicios confundidos), reviste características especificas dependiendo de
la actividad que se considere. El sector comercial, por ejemplo, es menos
impactado por la necesidad de un empleo especializado; no obstante, ello
dependerá del tipo de comercio (al mayoreo o al detalle) . El sector de
los servicios, particularmente los servicios a la producción, es una
actividad en la que el valor agregado se relaciona con el empleo
calificado; (Gale y Frederick, 1996; Harris, Shonwiller y Scott, 1997;
Langstone y Clarcke, 1997).
Las ciudades, por lo tanto, como categoría económica,
constituyen un conjunto de condiciones de producción construidas, lo que
genera una atracción en la localización de establecimientos de diferentes
sectores que contribuyen a su desarrollo. Estas condiciones buscan
factores como condiciones de vida superiores; concentración de capital
fijo social; servicios públicos; mano de obra especializada y abundante;
insumos diversificados y de bajo costo unitario; desarrollo de las
tecnologías y del conocimiento; mejores condiciones de la demanda y
expansión del mercado con el incremento del ingreso (Harrington,
Macpherson y Lombard, 1991; Jouvaud, 1996, Henderson, 1997; Moyart, 1997).
Al crecer las ciudades se especializan concentrando
actividades económicas con las que sostienen una base
económica.4 De esta forma el crecimiento del
sector servicios muestra una tendencia previsible dentro de una
aglomeración urbana. Esta situación ha llevado a establecer una relación
entre el tamaño de la ciudad y su función económica. En este sentido, en
las grandes aglomeraciones urbanas la industria reduce, en términos
relativos, su importancia frente al sector terciario (comercio y servicios
confundidos), debido a los altos costos que impone la misma aglomeración
urbana (ajustarse a normas ecológicas, altos costos de transporte
internos). La industria sale de las aglomeraciones, permitiendo una mayor
especialización en los servicios (Beyers y Linahl, 1997; Staber, 1997;
Moyart, 1997).
La llamada revolución de los servicios se caracteriza por
la estrecha interrelación con los dos sectores de la economía, ya que los
servicios buscan el desarrollo de tecnologías; tecnologías basadas
fundamentalmente en la informática, las telecomunicaciones y la telemática
(Bayers y Lidahl, 1997). Es, por tanto, el sector de los servicios a la
producción generador de nuevas tecnologías. Este proceso ha dado origen al
aumento de la productividad de las empresas, debido a las economías de
escala, es decir, por la posibilidad de las empresas de establecerse en el
mercado sin la necesidad de construir departamentos especializados de
servicios, lo cual reduce los costos de inversión y funcionamiento (Sparza
y Kremenc, 1993; Graham, 1997; Moyart, 1997).
3. La dinámica de las ciudades y el desarrollo económico
Los cambios dinámicos de las ciudades no son
independientes del nivel de desarrollo del país donde éstas se encuentran.
Algunos elementos son predecibles y comunes a muchas situaciones, mientras
que otros cambios de la forma urbana son altamente sensibles a las
condiciones locales. En efecto, la sensibilidad de las condiciones locales
(geografía, planeación urbana, estructura gubernamental y sistemas de
transporte, entre otros factores) explica por qué se han hecho pocos
intentos por relacionar la estructura urbana al desarrollo (Krugman, 1996;
Graham, 1997; Phillips, McPherson y Lentnek, 1998) .
De acuerdo a la experiencia de las ciudades occidentales,
es posible exponer un cierto número de "cambios predecibles" que debiera
observarse comúnmente en la mayoría de las ciudades en desarrollo. Algunos
de los más inmediatos son los siguientes:
1) La continua expansión geográfica de las
ciudades. Éstas se extienden más allá del perímetro de la tierra
urbanizable. Es un proceso "predecible" no únicamente porque la población
urbana crece, sino porque el consumo per capita del suelo urbano es
una función positiva del ingreso.
2) La tendencia mencionada en primer lugar
se acentúa si el aumento de los ingresos se asocia a una mayor movilidad
interna en el espacio urbano, por los cambios en uso del transporte tanto
público como privado. Ello permite que la población se aleje de los
perímetros tradicionales de las ciudades.
3) Las nuevas zonas residenciales se hacen
acompañar por las actividades comerciales de detalle y de servicios
personales asociados a las necesidades de los nuevos residentes, lo cual
refuerza aún más un sensible cambio en las estructuras urbanas.
4) El cambio en la estructura económica de
las ciudades, en particular del crecimiento de la actividad de servicios
en general "modernas", ejerce una presión creciente en la localización.
Los "servicios a la producción" determinan la posición jerárquica urbana y
el nivel de desarrollo. Los servicios a la producción buscarán la
localización más central, tanto dentro de la jerarquía urbana como dentro
de la ciudad.
5) Debido a los cambios tecnológicos
propios dentro de la industria manufacturera, las fábricas, los almacenes
al mayoreo y las actividades de distribución, se desplazarán de la
tradicional localización central para alejarse hacia las áreas
industriales donde el espacio es fácilmente disponible a bajos precios. Es
un proceso de des-industrialización de las áreas centrales. Conforme las
industrias se modernizan hacen uso más intensivo en capital y más
extensivo en espacio, reforzando la tendencia hacia la descongestión en
los modelos de localización.
A grandes rasgos, podemos afirmar que la dinámica de
transformación del sistema de ciudades tiene una relación estrecha con las
condiciones internas, pero básicamente con el nivel de desarrollo
económico del país o región al que pertenezca el sistema de ciudades.
Los cambios económicos, marcados por la reorientación en
el comportamiento de las actividades económicas, tienen gran influencia en
el comportamiento espacial. Richardson (1986) presenta un esquema de la
relación entre el proceso de urbanización y el comportamiento de las
actividades económicas. En efecto, esta relación es más evidente en las
ciudades de los países desarrollados, donde la urbanización crece
simultáneamente con las actividades del sector terciario, lo que hace que
estas ciudades tiendan a conocerse como ciudades de economías terciarias.
Cuando la tasa urbanización ha crecido rápidamente en los
países desarrollados hay una mayor presencia los servicios. Si bien no es
sencillo establecer qué fenómeno determina al otro, es indudable que
avanzan juntos.
En el caso de las ciudades de países en desarrollo la
urbanización es menos rápida, aunque haya aumento en la población urbana.
La urbanización permanece incompleta. A pesar de que el sector servicios
crece rápidamente con respecto al sector industrial y agrícola, no
obstante, permanece como sector heterogéneo, ya que parte importante del
empleo de actividades tradicionales se combina con los empleos modernos
que genera el mismo sector.
3.1 La dinámica y desigualdad urbana en países en
desarrollo
La mayor parte de la teoría que se describe se sustenta
en la experiencia de las ciudades de países desarrollados. Las preguntas
surgen cuando se intenta, a partir de esas teorías, analizar las
condiciones de las ciudades de los países en desarrollo: ¿las leyes
de localización económica son similares para ambos tipos de ciudades?
¿Estas leyes son independientes del nivel de desarrollo alcanzado?
Las respuestas distan mucho de ser absolutas. Ciertos
matices de comportamiento deben de considerarse. Williamson (1965) analiza
la relación desarrollo y desigualdad y sugiere que las diferencias entre
países desarrollados y en desarrollo debe centrarse en la desigualdad que
genera la fase de desarrollo económico, ya que espacialmente las
actividades económicas tienden a concentrarse en mayor proporción en pocas
ciudades, dando origen a la desigualdad del desarrollo espacial.
Alonso (1980) resume el planteamiento de Williamson en la
propuesta de la curva en forma de campana. En esta curva, las primeras
fases que sigue el desarrollo económico se caracterizan por una
concentración urbana significativa, al mismo tiempo que se acentúa la
desigualdad espacial. Sin embargo, a medida que el desarrollo económico se
consolida y expande sus beneficios, la concentración urbana manifiesta una
relativa tendencia a decrecer.
Alonso sugiere cinco fases en la campana de desarrollo a)
la fase de desarrollo; b) el desarrollo con desigualdad social; c)
aparición de la desigualdad regional; d) fase de concentración geográfica
y, e) la fase de transición demográfica. Como el mismo Alonso indica, no
son "leyes de hierro" que se cumplan en el proceso de desarrollo. Es un
esquema estilizado que permite hacer una referencia para un análisis
descriptivo.
Lemelin y Polése (1995) presentan una propuesta
econométrica del desarrollo económico y la urbanización de las ciudades de
países en desarrollo, recurriendo a una base de datos que permite inferir
que, ciertamente, las ciudades de los países en desarrollo concentran
fuertemente población y actividades económicas durante las primeras fases
del desarrollo económico, para que en una etapa siguiente comiencen a
reducir la concentración.
El aspecto fundamental es que en las dos primeras fases
del desarrollo económico la conformación espacial es la más drástica, ya
que es la etapa en la que se establecen los criterios de espacialidad y su
concentración.
En la fase de consolidación del desarrollo económico,
regularmente aparece la transición demográfica; el desarrollo se
difundirá espacialmente de forma más equitativa, favoreciendo la
integración territorial de la economía nacional.
Este es un proceso de redistribución espacial de la
población, la cual en los primeros años del desarrollo se concentra en la
principal aglomeración urbana; las condiciones impuestas por la misma
aglomeración, tiempo después, impondrá limites al crecimiento demográfico,
con lo cual la población tenderá a redistribuirse en el espacio nacional.
El espacio geográfico y la estructura económica de las
ciudades influyen en algunas actividades económicas haciéndolas más
sensibles a las fuerzas de concentración y de desconcentración que otras.
En el modelo propuesto por la teoría de los cinco cortes de campana los
cambios en la estructura económica, es decir, la transformación de una
economía de fuerte participación industrial a una economía de mayor
presencia de servicios es la manifestación de los cambios en la estructura
espacial de una economía nacional.
La importancia del sector terciario en el espacio
económico es cada vez más presente como ya se ha insistido-, en
particular el papel de los servicios en la inversión y el empleo (Bhadury,
1996; Phillips, McPherson y Lentnek, 1998).
Hay indicios de que la inversión se dirige cada vez más a
las actividades productoras de servicios, en lugar de concentrarse en la
manufactura. El fenómeno parece estar relacionado a la importancia que han
adquirido los servicios para la producción y la distribución de bienes
tangibles e intangibles. Un ejemplo es la empresa Northerm Telecom
de Canadá (empresa productora de sistemas telefónicos) que reconoce que
sólo un quinto de su fuerza laboral produce bienes tangibles; el resto
diseña, piensa, programa, vende y se encarga de resolver problemas
internos de la empresa (Coffey y Drolet, 1996).
No obstante, es de reconocer que aún existen dificultades
para verificar empíricamente estos planteamientos. El problema central se
ubica en la escasez de datos. Sin embargo, la propuesta teórica conceptual
representa la evolución espacial de una economía en desarrollo que permite
sugerir que este es un proceso real, en el que incluso hay una
segmentación étnica de los servicios en las grandes ciudades (Zhou, 1998).
Conclusión
Intentando establecer algunos puntos referenciales que permitan
acercarnos a una conclusión de este recorrido podemos sugerir que en la
primera etapa del desarrollo económico el sector manufacturero muestra
crecimiento dinámico, aporta al empleo total parte significativa, en tanto
que el sector de servicios (servicios a las empresas) mantienen un
desarrollo relativamente reducido, a pesar de concentrarse en la gran
ciudad.
En una fase de maduración y consolidación de la industria
manufacturera se permite sugerir que ésta haya alcanzado el máximo de su
crecimiento, medido en términos del aporte al empleo nacional y la
participación del mismo en pocas grandes ciudades. La concentración del
empleo industrial en una gran ciudad trae como consecuencia un alza en los
impuestos prediales, además de los problemas de contaminación y
congestión. Estos factores provocarán la desconcentración de las
actividades industriales, lo cual permite a las ciudades medianas
aprovechar la salida de la industria de las grandes ciudades al recibirlas
en sus espacios.
La fase de declinación del sector manufacturero inicia
cuando su participación en el empleo nacional se reduce al 20 y 25%,
porcentaje general observado en países desarrollados. La importancia que
el sector terciario gana con respecto al industrial, durante esta fase del
desarrollo económico se evidencia cuando se observa que tiene gran
participación en el empleo.
No obstante, como ya se indicó, el proceso de
desconcentración industrial no sólo se dirige hacia las ciudades cercanas,
sino también a ciudades más alejadas, dependiendo de las características
de las industrias. Sin embargo, es poco probable un creciente movimiento
de descongestión hacia pequeñas ciudades.
En resumen, el modelo económico del sistema de ciudades
muestra que los patrones de comportamiento espacial de las ciudades y las
actividades económicas mantienen una fuerte tendencia a la interrelación a
la hora de observar y diagnosticar su comportamiento.

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