"Es curioso que sin excepción se venga considerando el modernismo como un movimiento renovador de nuestra lírica, cuando existen motivos para sospechar lo contrario. No es ésta ocasión propia para hablar de este tema, ni tampoco para examinar si la figura principal del modernismo, o sea Rubén Darío, en sus virtudes y en sus defectos, tiene puntos de contacto con la lírica española. No creo que un poeta español, por equivocado que fuera su concepto de la poesía, pudiera escribir líneas parecidas a estas que Darío escribió y publicó en cierto artículo: "En verdad vivo de poesía. Mi ilusión tiene una magnificencia salomónica. Amo la hermosura, el poder, la gracia, el dinero, el lujo, los besos y la música. No soy más que un hombre de arte. No sirvo para otra cosa". [...] El modernismo entorpeció la vida de la poesía española durante más de una generación, y los escritores que en años sucesivos a 1914 invadieron la escena y el periódico, para caer después en el olvido, fueron el único fruto directo del modernismo entre nosotros.
Aun no siendo Machado un poeta modernista, presenta marcadamente, sin embargo, el carácter de un poeta de la época modernista. Hay en sus versos con frecuencia una vaguedad, y a veces una inconsistencia, muy típicos del lirismo de aquel tiempo. El caso es tanto más curioso cuanto que Machado, como hemos visto, es un poeta muy sobrio, y la sobriedad parece que debía siempre acusar limpiamente sus rasgos escuetos, aunque no ocurre así. Su expresión y su pensamiento poético, identificados hasta formar una unidad, como en todo verdadero poeta, son a veces igualmente vagos, y sólo podemos divisarlos al través del vaho neblinoso que os empaña. Su mismo artificio retórico, tan simple, va teñido de grisura crepuscular, sus imágenes, sus adjetivos mismos, cosa inaudita en la poesía española, son sordos y apagados, y hay momentos durante la lectura en que debemos pararnos, tratando de hallar el camino, como el viajero a quien la niebla sorprende y descarría."
Luis Cernuda, "Antonio Machado" (1953), en Obra completa, vol. III. Siruela, Madrid, 1994, pp.215-216.