La fuerza dramática de Tres sombreros de copa está en la colisión de dos mundos irreconciliables, pero necesitados entre sí, que parten de dos concepciones vitales opuestas. El mundo burgués, cursi, adinerado y limitado por una moral que a veces es tan estricta en sus formas como desgarrada en su fondo, de una provincia española, y el mundo inverosímil, errante, libre y sin esperanzas que forman el negro Buby Barton y las graciosas y estúpidas muchachas que integran su ballet en el music-hall. Cada uno de estos mundos se rige y sustenta por leyes distintas y genuinamente propias. Nos muestra el autor a uno y a otro al través de personajes representativos, a menudo esquemáticos y de un solo perfil. Así, Don Sacramento y El Odioso señor, que junto a El anciano militar, El cazador astuto, El romántico enamorado, El guapo muchacho y El alegre explorador constituyen una galería de personajes grotescos... arquetípicos, que vienen a encarnar el modo de ser y reaccionar de una sociedad muy concreta. En esa sociedad burguesa que produce tipos como Don Sacramento y El Odioso señor... Don Sacramento significa el puritanismo a ultranza, la rigidez de unas costumbres preestablecidas, implacables, de la que es esclavo y defensor. Todo cuanto escape a ese sistema inflexible, especie de moralidad basada en la apariencia y las buenas costumbres -es un decir- choca con su mentalidad apergaminada y no duda en calificarlo de bohemio, automáticamente escandalizado. Pero esta misma sociedad produce también tipos corno El Odioso señor, el hombre más rico de la provincia, para quien toda razón existencial se cifra en dos realidades gruesas, directas e inequívocas: el dinero y el sexo. A este capitalista erótico -al revés que a Don Sacramento- le importa bien poco su reputación; ella está asegurada y comprada con su fortuna y es tanto mayor cuanto que ésta lo sea... Don Sacramento y El Odioso señor representan dos vertientes de un ciclo, de un mundo enfermo y crepuscular. Es en él donde ha nacido Dionisio, el joven protagonista de la comedia.
Por el contrario, el mundo del music-hall, que Buby y su ballet re-presentan, se singulariza, en principio, por su amoralidad a rajatabla. Aquí no existe la esclavitud de las buenas costumbres, pero el dinero tiene su peso específico, porque hay otra esclavitud, que surge también de lo aparencial: las joyas, los vestidos deslumbrantes y los abrigos de piel. Es este mundo en el que cada minuto es agotado al máximo y el futuro -incierto y siempre desolador- no cuenta en el presente... De aquí proviene Paula, la joven protagonista. (...) Estos dos mundos -que en realidad son estamentos constitutivos de una misma sociedad- van a aparecer brutalmente enfrentados en Tres sombreros de copa. Es cuando surge el amor verdadero entre Dionisio y Paula, amor proscrito de antemano, que naturalmente es condenado por ese engranaje, superior a ellos mismos, en el que están inmersos Ricardo Doménech, Teatro, Taurus, págs. 98-100).