
A partir del minuto 4:28
¿Ves
aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues es
un copiosísimo ejército, que de diversas e innumerables gentes compuesto,
por allí
viene marchando. A esa cuenta dos deben de ser-dijo
Sancho-, porque desta parte contraria se levanta asimismo otra
semejante polvareda. Volvió a mirarla don Quijote, y
vio que así era la verdad, y alegrándose sobremanera,
pensó sin duda alguna, que eran dos ejércitos
que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella
espaciosa llanura, porque tenía a todas horas y momentos
llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos,
sucesos, desatinos, amores, desafíos que en los libros
de caballerías se cuentan.
¿No
oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines,
el ruido de los tambores? No oigo otra cosa, respondió
Sancho, sino muchos balidos de ovejas y carneros, y así
era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.
El miedo que tienes, dijo don Quijote, te hace, Sancho, que
ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo
es turbar
los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son;
y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame
solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo
diere mi ayuda; y diciendo esto puso
las espuelas a Rocinante, y puesta la lanza
en el ristre bajó de la costezuela
como un rayo. Diole voces Sancho diciéndole: Vuélvase
vuestra merced, señor don Quijote, que voto
a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir.
Ni por esas volvió don Quijote, antes en altas voces
iba diciendo: Ea, caballeros, los que seguís y militáis
debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín
del arremangado brazo, seguidme todos, veréis cuan fácilmente
le doy venganza de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana.
Esto diciendo se entró por medio del escuadrón
de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto
coraje y denuedo, como si de veras alanceara a sus mortales
enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían
dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que
no aprovechaban, desciñéronse
las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras
como el puño. Llegó en esto una peladilla de arroyo,
y dándole en un lado, le sepultó dos costillas
en el cuerpo. Llegó otra almendra, y diole en la mano
y en el alcuza
tan de lleno que se le hizo pedazos, llevándole de camino
tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machacándole
malamente dos dedos de la mano. Tal fue el golpe primero y tal
el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo
del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores,
y creyeron que le habían muerto, y así con mucha
priesa recogieron su ganado y cargaron de las reses muertas
que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa, se fueron.
Estábase todo este tiempo Sancho sobre
la cuesta mirando las locuras que su amo hacía. Viéndole,
pues, caído en el suelo y que ya los pastores se habían
ido, bajó de la cuesta y llegose a él, y hallole
de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido,
y díjole: ¿No le decía yo, señor
don Quijote, que se volviese, que los que iba a cometer no eran
ejércitos sino manadas de corderos? Como eso puede desaparecer
y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo, respondió
don Quijote: Sábete, Sancho, que es muy fácil
cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno
que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había
de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos
en manadas de ovejas.