Don Quijote
 
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Miguel de Cervantes

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

La aventura de los rebaños (cap. XVIII, 1a. parte)


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A partir del minuto 4:28

¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues es un copiosísimo ejército, que de diversas e innumerables gentes compuesto, por allí Miguel de Cervantesviene marchando. A esa cuenta dos deben de ser-dijo Sancho-, porque desta parte contraria se levanta asimismo otra semejante polvareda. Volvió a mirarla don Quijote, y vio que así era la verdad, y alegrándose sobremanera, pensó sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura, porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafíos que en los libros de caballerías se cuentan.

Molino de la Mancha¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los tambores? No oigo otra cosa, respondió Sancho, sino muchos balidos de ovejas y carneros, y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños. El miedo que tienes, dijo don Quijote, te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda; y diciendo esto puso las espuelas a Rocinante, y puesta la lanza en el ristre bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho diciéndole: Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir. Ni por esas volvió don Quijote, antes en altas voces iba diciendo: Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del arremangado brazo, seguidme todos, veréis cuan fácilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana. Esto diciendo se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo, como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Llegó en esto una peladilla de arroyo, y dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Llegó otra almendra, y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se le hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machacándole malamente dos dedos de la mano. Tal fue el golpe primero y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores, y creyeron que le habían muerto, y así con mucha priesa recogieron su ganado y cargaron de las reses muertas que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa, se fueron.

Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta mirando las locuras que su amo hacía. Viéndole, pues, caído en el suelo y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegose a él, y hallole de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole: ¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a cometer no eran ejércitos sino manadas de corderos? Como eso puede desaparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo, respondió don Quijote: Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas.

 
 
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